Uno charla de la vida y surge la típica
pregunta “¿Qué haces de tu vida?” que tiene múltiples respuestas, en mi caso, y
en este particular momento, “Estudio y entreno”, respuesta que inevitablemente
engendra otra pregunta “¿Qué estudias y que entrenas?” Y de nuevo mi respuesta,
“Profesorado de Lengua y Literatura y Tae kwon do” Y he aquí la respuesta fácil,
que resulta tan irritante “Ah, me tengo que portar bien o me vas a pegar” o “Ah,
hay que tener cuidado con vos”. Y ahí nomas el que entrena de verdad, que pone
el cuerpo y el corazón en cada ejercicio, se indigna ¿De dónde diablos, saca la
gente que los taekwondistas, son violentos que andan pateando a todo el que se le
cruza? Este es un estereotipo frustrante, que esta alejadísimo de la realidad.
Contrario a lo que puede pensarse no es tirar patadas al contrincante y “ver
que pasa” es un deporte que, bien entendido, inculca grandes valores en sus
practicantes, comenzando por los cinco principios del Tae kwon do:
• Cortesía:
dentro y fuera del Dojan, con el Sabon, los compañeros y los contrincantes.
• Integridad: uno tiene que distinguir lo correcto de lo incorrecto y ser capaz de redimirse.
•Perseverancia: solo trabajando duro, y siendo constante uno puede llegar a sus objetivos
• Autocontrol: para poder superar a cualquier contrincante, primero hay que dominarse a uno mismo.
• Espíritu Indomable: Nunca dejarse caer.
• Integridad: uno tiene que distinguir lo correcto de lo incorrecto y ser capaz de redimirse.
•Perseverancia: solo trabajando duro, y siendo constante uno puede llegar a sus objetivos
• Autocontrol: para poder superar a cualquier contrincante, primero hay que dominarse a uno mismo.
• Espíritu Indomable: Nunca dejarse caer.
De estos
principios fundamentales entendemos que ser taekwondista implica ser
disciplinado y perseverante, que aunque algunas veces después de las clases el
cuerpo duele, siempre se disfruta y con el tiempo se va el dolor y empiezan a
picar los músculos cuando no entrenamos. Aprendemos no solo a patear, esquivar
y defendernos, sino que detrás de nuestro deporte, hay miles de años de
entrenamiento y evolución, que si uno vive realmente el deporte, con amor y dedicación,
los contrincantes se vuelven grandes amigos. Nos enseñan que, aunque al tatami
entra uno solo a pelear, el nuestro es un deporte de equipo, porque sin los
compañeros que entrenan con uno, que nos ayudan a corregir errores técnicos y
algunos espirituales, que nos alientan y
llenan de confianza a la hora de competir y que,
de vez en cuando nos pegan un poquito, uno no puede crecer.
Haciendo
un análisis de los casi cuatro años que llevo entrenando veo que mi cuerpo
cambio, los músculos de las piernas están más desarrollados, la capacidad pulmonar
aumento, soy capaz de elongar mucho mas allá de lo que yo creí posible lograr
habiendo empezado a los diez y nueve años. Pero más importante y evidente para
mi es el cambio espiritual que el tae kwon do hizo en mi. Aprendí a que el “No
puedo” es un estado mental, que mi crítica más dura siempre soy yo, que
necesito mucha disciplina, orden y autocontrol para conseguir cualquier
objetivo que me proponga en la vida (dentro y fuera del Dojan) que sin mis
compañeros y mi Sabon, que me cuidan y me apoyan en este camino no habría llegado
tan lejos, y que sin ellos definitivamente, no podría seguir.
El tae
kwon do es una forma de vida, al elegirla y mantenerla, nos regala enormes
satisfacciones: conseguimos mejor técnica y maestría, cosechamos nuestras
primeras victorias, y más importante aún, acompañamos los triunfos de nuestros
compañeros, nada es más emocionante y conmovedor que ver pelear a un amigo,
hacer poomse a una compañera o ver pelear por primera vez a ese primer protegido,
que uno vio crecer y avanzar desde cinturón blanco. Los compañeros de entrenamiento se vuelven
parte de familia, y esta familia esta más que lejos de la violencia con la que
se relacionan las artes marciales. Como artistas, deportistas, amigos y familia,
nosotros no nos lastimamos, crecemos juntos en lo que más nos apasiona: El Tae
kwon do.